A veces el miedo nos sorprende y nos puede llegar a dominar. Es difícil atreverse a empezar algo, a dejarse llevar de nuevo si has recibido algún que otro palo antes. Es fácil jugar con las personas, es fácil encerrarnos en nuestra coraza, fingir que todo va bien y ponerle una sonrisa a todos cuando por dentro te sientes más vacío que nunca. Sabes que cuando dejas a alguien atrás antes de lo que esperabas se te va a hacer muy duro volver la vista al frente y dejar de mirar el camino que dejaste a tu paso. Se hace difícil creer que alguien podrá volver a hacerte sentir que vale la pena intentarlo, y se te hace difícil creer que alguien podrá algún día llenar ese vacío que te han dejado, esa nada dentro del todo que somos por dentro...
Entonces es cuando nos planteamos si de verdad merece la pena. Como siempre me gusta decir, la única respuesta es que no hay respuesta fácil, que probablemente será duro volver a sentir que algo merece la pena... Hasta que pasa.
Es entonces cuando conoces a alguien que probablemente esté en la misma situación que tú, que sepa entender cómo te sientes, que sepa entender qué necesitas, y sobre todo, que sepa dártelo. En mi caso llegó, sin hacer ruido, entró sin permiso... Y al entrar lo revolvió todo y se adueñó de ese vacío que había y empezó a llenarlo con la sonrisa más adorable que recuerdas, con la mirada más inocente y tierna que jamás has visto y con los besos más increíbles que has recibido nunca. Empiezas a pensar sólo en eso que tan feliz te está haciendo, a apoyarte en esos momentos que no salen de tu mente, en esa sonrisa que irradia alegría y felicidad y que te hace sonreír como un idiota al verla; en esa mirada que te atrae y que congela el tiempo, buscando que sólo la mires a ella, que te transmite toda el cariño que guarda en lo más profundo de sus pupilas; en esos besos, en esos labios, que son capaces de decir te quiero y te deseo a la vez, esos labios en los que estás deseando fundir los tuyos, que te llaman a perderte en su piel y a colgar el cartel de completo, porque, a decir verdad, empiezas a entender que nadie va a poder llenarte como lo hace ella.
Tal vez sea repetir el ciclo, o tal vez ella sea la chica adecuada que por fin rompa tus esquemas y te haga creer que tu idea de felicidad aún se sostiene, y que con ella todo puede ser posible. Basta con coger su mano y sentir sus dedos acariciando los tuyos para saber que da igual la dirección que tome el camino, que sólo quieres recorrerlo con ella. Quizás no sea más que el primer rayo de sol del amanecer.