Que a veces nosotros mismos seamos nuestro peor enemigo no es ningún misterio. El autosaboteo está a la orden del día. Destruir todo aquello que anhelamos sólo por la simple idea de que, a pesar de todo lo que podamos hacer, existe una posibilidad de que no salga bien... La mayoría de las veces es por miedo, eso está claro, pero ¿hasta qué punto vamos a dejarnos a nosotros mismos destruir nuestra propia felicidad?
Es difícil deshacerse de esos sentimientos, de ese miedo compulsivo a ser feliz por miedo a que se acabe. La felicidad es una droga que nos tiene agarrados por nuestras partes pudendas, y sabemos que si la probamos y algún día vuelve a faltarnos, el síndrome de abstinencia será brutal...
Pero un día llegan unos ojos que inundan todo lo que te rodea y que cuando los miras fijamente parecen decirte "estoy aquí para quedarme...". ¿Cómo confiar en ellos? ¿Cómo saber que no es otra mala treta de la vida que vuelve a querer reírse de ti? No paras de poner a prueba la sinceridad de esas palabras que resuenan en tu cabeza sin saber que ese examen continúo puede hacer que huyan... Hasta que llega un día en el que te das cuenta de que nadie ha demostrado más por ti, nadie se ha esforzado tanto por disfrutar de segundos a tu lado... Y sólo pide a cambio cariño y comprensión.
No puede ser tan malo eso de mirar a unos ojos directamente y sentirte como en casa, ni eso de besar unos labios y sentir que no quieres que esos segundos acaben nunca, ni eso de levantarte y que lo primero que veas sean esos ojos abiertos de par en par dándote los buenos días acompañados de la sonrisa más sincera que hayas visto...
Entonces en tu mano queda, no puede ser tan malo.