Hay pensamientos que, si bien al principio no parecen ser pesados, con el tiempo acaban convirtiéndose en una carga casi insoportable. Cosas a las que apenas les dabas importancia en un momento, acaban volviéndose un lastre. Y siempre sabía que acabaría en este punto, en un charco de lágrimas valientes. Valientes, sí, porque no hay nada más pesado que sentirse vacío y aún así levantarse y seguir adelante, aunque a veces sienta que nada importa salvo el dolor de estar sólo, que no hay nada por encima de las noches eternas en las que es imposible conciliar el sueño rezando para que mañana todo vaya mejor...
Pero sí, llegará un momento en el que sea capaz de volver a sonreír de forma sincera, quizás no hoy, ni durante un tiempo, pero hay que seguir aguantando hasta que llegue el día en el que se escape una sonrisa. Realmente, como todos dicen, lo que importa es el tiempo vivido, no el porqué acabó mal.
Supongo que en este momento el cuerpo te pide que te dejes inundar por la tristeza, ocultar cómo te sientes realmente sólo sirve para aplazar el dolor de una herida que dejará una gran cicatriz... Pero hasta las cicatrices más grandes acaban desapareciendo con el tiempo.
No sirve de nada revivir una y otra vez todos aquellos momentos, pero sí es verdad que nunca hay que perder de vista el pasado. La edad te enseña que el pasado, con sus errores, se repite continuamente. No hay que olvidar en qué fallamos para no volver a hacerlo.
Y, a pesar de lo abrumador de la situación, algún día volverá a salir una sonrisa fugaz, y en ese momento te darás cuenta de que no podría estar mal mantenerla un poco... Entonces será cuando estaremos listos para volver a reír. Aprenderemos a volver a reír.